Manoel de Oliveira

Nacido en Oporto el 11 de diciembre de 1908, Manoel Cândido Pinto de Oliveira fue el director de cine portugués más prestigioso y reconocido internacionalmente. En los tiempos del cine mudo, Manoel de Oliveira hizo su primera aparición en pantalla como actor en una película de Rino Lupo, cineasta italiano que forma parte de la historia del cine portugués de los años veinte. Continuó interpretando tras haber hecho sus primeras aproximaciones como director y llegó a obtener un papel relevante en la segunda película sonora rodada en Portugal, A canção de Lisboa, de Cottinelli Telmo. Es rara la vez que no aparece fugazmente en alguno de sus filmes. En 1931 dirigió su primer corto, Douro, faina fluvial, película documental que dejaba patente la influencia que ejercían sobre él directores como Robert Flaherty y los documentales soviéticos. Las imágenes describían una jornada de trabajo de los pescadores de las riberas del río Duero. En este trabajo ya se revelaba su particular sensibilidad y su espíritu afín a las vanguardias europeas. Otros documentales son Já se fabricam automóveis en Portugal y Miramar, praia de rosas, ambos de 1938. Su producción fílmica dedicada a la ficción se caracteriza por una marcada teatralidad y una casi constante reflexión acerca de la naturaleza del arte, el espectáculo y la esencia del ser humano. En 1942 dirigió Aniki Bobó, interpretada por una pandilla de chicos de las calles de Oporto, film directo, simple, vivo, que supuso un logro excepcional, sobre todo si se tiene en cuenta que fue anterior al neorrealismo italiano.

En 1940 se casó con Maria Isabel Brandão Carvalhais y comenzó a repartir su tiempo entre la explotación de los viñedos familiares, en Oporto, y todos los oficios del cine. En 1956 dirigió El pintor y la ciudad, película a partir de la cual su estética y su lenguaje fílmico tomaron un rumbo distinto, minimizando la importancia del montaje y priorizando los planos largos y la puesta en escena más teatral, arropada por diálogos densos y textos muy trabajados, lo que le ha supuesto duras críticas y enemigos de su obra, así como seguidores incondicionales.

A mediados de la década de 1960 y a partir de los festivales franceses e italianos llegó su consagración internacional, y con O passado e o presente (1971), su filmografía comenzó a acumular galardones y su prestigio se acrecentó con cada uno de sus títulos como Amor de Perdição (1978), Francisca (1981), Los caníbales (1988), La divina comedia (1991), El convento (1995), La carta (1999), Palabra y utopía (2000), La vuelta a casa (2001), Porto da minha infância (2001).

Se puede decir que la obra de Manoel de Oliveira está dominada por el teatro, al tiempo que convierte al espectador en engranaje fundamental en la concepción de sus historias visuales, al que hace partícipe de lo que desea contar y al que provoca con estructuras narrativas aparentemente redundantes pero bien organizadas (quizá en exceso para muchos de esos espectadores). Sorprende ver a muchos de sus personajes hablándose sin mirarse o, por el contrario y como complemento, mirar directamente a cámara como queriendo llegar al patio de butacas. La atención viene, además, reclamada por la siempre necesaria (así lo considera la estructura de Oliveira) voz en off, textos que pueden ser apuntes, sugerencias, interrogantes, motivaciones, mensajes repletos de sensibles reflexiones. Su veteranía no le ha impedido sortear, a lo largo de su vida, todo tipo de obstáculos que quisieron poner freno a una creatividad sorprendente.

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