Después de muchos años dedicados al cine —verlo, hacerlo, escribirlo, reflexionarlo— han sido muchas las películas que me han marcado. Cada etapa de mi proceso la define la obsesión por ciertos cineastas que voy descubriendo en el camino y me interpelan. Aquí van cuatro de muchas.
Mulholland Drive de David Lynch
Por allá en 2002 un amigo me pasa una copia en VHS alquilada de Mulholland Drive. —¿Qué acabo de ver?—, me preguntaba yo, un chico de 16 años a punto de terminar el bachillerato y sin un futuro claro. Me obsesioné con la idea de entenderla. Alquilé varias veces el mismo VHS tratando de descifrar el enigma. Fue tal vez una de las primeras películas que me hizo pensar en el cine como un forma de expresión, más allá del mero entretenimiento. Quizás ahí empezó todo para mí. Mulholland Drive — la obra de David Lynch— ocupa un lugar especial en mi memoria.

El sabor de las cerezas de Abbas Kiarostami
Cada vez que me piden que elija mis películas favoritas incluyo alguna de Kiarostami. A menudo elijo Close-Up, que fue una gran influencia cuando hice mi película «Un Poeta». Otras veces me decanto por «¿Dónde está la casa de mi amigo?». Esta vez elijo El sabor de las cerezas. Hace poco volví a ver a una querida amiga y cineasta iraní —con quien comparto el amor por Kiarostami— que me recordó el momento de la película en el que un hombre intenta convencer al protagonista de que renuncie a su plan de quitarse la vida contándole la historia de cuando él también quiso suicidarse, pero decidió seguir viviendo al probar las dulces moras del árbol en el que había atado la soga para ahocarse. La poesía de un cineasta cuya sencillez esconde una hondura que trasciende a lo místico.

Rodrigo D. No Futuro de Víctor Gaviria
No hay un cineasta cuya visión haya sido tan seminal e influyente para el cine de mi país y de mi ciudad como la de Víctor Gaviria con sus dos primeras películas. Su ópera prima, Rodrigo D. No Futuro, un retrato doloroso, realista, humano y poético, reveló por primera vez con profunda sensibilidad los paisajes y los personajes de la ciudad en la que nací y crecí y en la que he hecho mis películas. Los cineastas de mi generación, y los que vendrán, seguimos las huellas que Víctor trazó hace más de tres décadas.

Memorias del subdesarrollo de Tomás Gutiérrez Alea
El cine es la memoria de un pueblo. Esta afirmación en ocasiones pareciera una frase de cajón cuando los cineastas reclamamos el apoyo estatal a la producción de cine en países como Colombia. Pero esta afirmación cobra todo su sentido al ver hoy una película como Memorias del subdesarrollo, que ofrece una visión de primera mano de la Cuba de finales de los años sesenta, de la revolución con sus luces y sombras y, en un espectro más amplio, de la realidad latinoamericana en tiempos de despertar social, revoluciones, dictaduras y grandes convulsiones. Es una película que disfruto tanto como me inquieta y me abruma, porque plantea muchas preguntas sobre lo que fuimos, lo que hoy somos y lo que pudo haber sido. Aún sigue estando vigente y nos desafía como individuos en nuestro lugar en el mundo. Como cineasta, me hace preguntarme cómo serán apreciadas mis películas en épocas venideras. Esto lo tuve muy presente al hacer Un Poeta y esto es sin duda un atributo fundamental del cine.
