«¿Quién dicta nuestros sueños, nuestros deseos?» – Lois Patiño

Entrevista a Lois Patiño por Mauro Lukasievicz para Caligari

Ariel parece continuar con tu exploración de lo onírico y lo espectral en el cine. ¿Cómo surgió la idea de esta película?
Bueno, el proyecto nació hace muchos años, cuando nos invitaron a Matías Piñeiro y a mí a realizar una película juntos. Matías me propuso trabajar en torno a La tempestad, porque en ese momento él todavía estaba sumergido en Shakespeare. Esta obra nos pareció un punto de encuentro natural porque es la que más presencia de la naturaleza tiene dentro de Shakespeare, pero no como un simple telón de fondo, sino como una naturaleza animista, poblada de espíritus. Ahí encontramos un territorio común donde dialogaban nuestros universos: Matías desde su exploración del teatro y yo desde mi trabajo con el paisaje y lo espectral. A partir de ahí, empezamos a extraer los elementos que nos interesaban para desarrollar la película. No queríamos una adaptación directa, sino un punto de partida desde el cual proyectar nuestras inquietudes y fantasías.

¿Esto fue previo al cortometraje Sycorax?
No, así surgió Sycorax también, que lo hicimos juntos, pensado como un primer acercamiento a un lenguaje cinematográfico en común. Sin embargo, cuando llegó el momento de desarrollar el largometraje, por cuestiones de calendario y los plazos derivados de la pandemia, Matías, que estaba trabajando en otro proyecto en paralelo, no pudo continuar. Como la película ya estaba financiada, en lugar de abandonarla decidí terminarla yo, adaptándola a mis propias inquietudes y capacidades, llevándola más hacia mi terreno. Una de las primeras decisiones que tomé fue marcar un cierto distanciamiento con respecto a la ficción teatral y hacer la película aún más metanarrativa de lo que habíamos trabajado juntos. Me interesaba explorar la idea de personajes que son conscientes de ser personajes y cómo eso les genera crisis existenciales. Aquí aparece un concepto clave de La tempestad y del personaje de Ariel, en el que nos estábamos focalizando: la libertad y el libre albedrío. En la obra de Shakespeare, Ariel está bajo las órdenes de Próspero, del mismo modo que los personajes están bajo las órdenes del dramaturgo que escribió sus destinos. Esto me llevó a reflexionar sobre la naturaleza de los fantasmas y lo espectral, algo que he explorado en varias películas.

Uno de los temas que más me interesa es el Limbo, entendido como un espacio atemporal, ambiguo, que no pertenece del todo a los muertos ni a los vivos, y que también tiene una fuerte conexión con lo onírico. Es un estado entre la vigilia y el sueño, una especie de duermevela. En este sentido, encontré un paralelismo entre los fantasmas y los personajes: ambos son seres atrapados en un espacio intermedio, donde el tiempo no avanza de manera lineal, sino que se repite o queda suspendido. En Ariel, este juego entre la realidad y la ficción se refuerza con la idea de personajes que se saben personajes pero que, al mismo tiempo, conviven con el mundo de los vivos. Todo esto me llevó a sumergir la película enuna atmósfera onírica y espectral, que subraya ese extrañamiento y esa sensación de atemporalidad que quería darle a la isla donde transcurre la historia.

Creo que Ariel fusiona lo sensorial con lo narrativo muy bien. ¿Cómo describirías tu evolución hacia la ficción con esta película, especialmente después de tu trabajo en proyectos más experimentales?
Bueno, en mi evolución como cineasta, noto que cada vez tengo una mayor voluntad de sumergirme en la ficción, en el relato, en la narrativa. Vengo de un cine muy ligado a la imagen, prácticamente del videoarte, donde el peso recaía más en lo conceptual, en la exploración del lenguaje cinematográfico desde una perspectiva plástica y poética. También tenía una sensibilidad marcada hacia lo contemplativo, lo pausado… Y lo contemplativo es, en cierto sentido, lo contrario de la acción. Entonces, mis primeras películas estaban muy vaciadas de elementos narrativos tradicionales: no había relato, no había psicología en los personajes.

¿Qué te interesaba explorar en ese momento?
Me interesaba explorar el lenguaje cinematográfico desde sus ingredientes más esenciales: el espacio y el tiempo. En mis primeros proyectos, trabajé la distancia como elemento narrativo; luego, en otros, exploré la inmovilidad en el tiempo. Esto es algo que se ve en Costa da Morte y en los cortometrajes previos a esa película. Después, en Samsara, empecé a experimentar con la luz y el sonido de una manera esencial. La parte central de esa película, donde se invita al espectador a cerrar los ojos, surgió como un intento de llevar la experiencia cinematográfica a un punto cero, de proponer otra forma de vivir el cine. Pero también en Samsara empecé a introducir pequeñas ficciones, relatos mínimos que se nutrían mucho del documental antropológico, construyendo personajes a partir de personas reales y sus biografías. Con Ariel, este paso hacia una narrativa más definida y un mayor desarrollo de los personajes viene impulsado, en gran parte, por mi colaboración con Matías Piñeiro. Es un salto importante. Si hubiera trabajado solo, seguramente esta evolución habría sido más pausada, pero me alegra haber tenido la oportunidad de aprender de alguien a quien admiro tanto. Matías ha trabajado mucho con estructuras narrativas, y su cine encuentra su carácter más experimental precisamente en esas construcciones narrativas. En mi caso, lo experimental viene más desde lo sensorial y lo plástico. Así que, en cierto modo, nos complementamos.

Ariel es un primer paso en esa exploración del relato de ficción.
Quería que la película fluyera bien narrativamente y que el espectador pudiera sentirse identificado con Agus, el personaje principal. Ella es el ancla emocional de la película: todo lo que la rodea genera extrañamiento, pero con ella debemos conectar desde las emociones. Así que sí, hay una voluntad por mi parte de ir sumando nuevas capas a mi cine. Mantengo la experiencia sensorial, lo onírico y lo espectral en cuanto a la atmósfera, pero ahora quiero integrar también la ficción y la experiencia emocional y psicológica de los personajes.

Los personajes en Ariel parecen estar atrapados en una especie de ciclo teatral, una suerte de destino impuesto por Shakespeare. ¿Cómo te inspiraste en la relación entre el destino y la libertad dentro de los textos de Shakespeare, y cómo lograste traducirlo a un contexto contemporáneo como las Azores?
Shakespeare tiene muchas obras donde interpela al espectador, y La tempestad es una de ellas, donde interpela directamente al espectador, rompiendo la cuarta pared y desmantelando el hechizo de la ficción. Eso siempre nos interesó a Matías y a mí al desarrollar el proyecto: encontrar una manera de trasladar ciertos personajes de Shakespeare a las Azores contemporáneas, pero desde un enfoque lúdico, divertido, sin solemnidad. De hecho, la primera idea que surgió fue la de un frutero. Matías lleva tiempo trabajando con la idea de no tomarse demasiado en serio a los personajes masculinos poderosos, como una forma de dignificar a los personajes femeninos, que en Shakespeare suelen ser secundarios. Es una constante en su cine, en sus cinco o seis películas con esa filosofía. Eso también nos llevó a Sycorax, el cortometraje, donde nos interesó rescatar a un personaje completamente marginal en La tempestad, una mujer tachada de bruja. Como sabemos, la caza de brujas fue también una estrategia de dominación sobre las mujeres, algo que Silvia Federici analiza muy bien en su libro Calibán y la bruja, relacionándolo con la colonización y el dominio del extranjero. También queríamos centrarnos en Ariel, un personaje ambiguo en cuanto al género—interpretado a veces por hombres, otras por mujeres—y que representa el espíritu del viento, del mar, de la naturaleza misma. Para mí, Ariel sintetiza las inquietudes que compartimos Matías y yo: es el ser que se metamorfosea, que existe entre lo tangible y lo etéreo. A partir de ahí, empezamos a desarrollar paralelismos entre las Azores contemporáneas y la obra.

¿Y sobre la idea del destino y la repetición?
Viene de esta noción de la isla como un limbo, un espacio donde los fantasmas quedan atrapados sin poder salir. Esa es la idea central de la película: los personajes están condenados a repetir una obra sin descanso. Pero quería que esa reflexión fuera más allá de la ficción y tocara nuestra propia existencia. ¿Quién dicta nuestros sueños, nuestros deseos? Sabemos que la idea de libertad es compleja, que está condicionada por múltiples factores. No solo en el sentido que plantea Erich Fromm en El miedo a la libertad, que también está presente en la película, sino en términos más concretos y culturales. Yo ahora mismo estoy en Costa de Marfil y veo que las libertades de elección aquí y en Europa son muy distintas. No existe una única noción de libertad, sino muchas, y eso es algo que también quise explorar en la película.

A nivel visual, Ariel juega con colores vibrantes y un estilo onírico muy particular. ¿Cómo fue el trabajo con el director de fotografía, Ion de Sosa, para construir esta atmósfera tan hipnótica?
Bueno, en Sycorax habíamos trabajado con Mauro Herce, así que lo natural habría sido volver a colaborar con él. Pero Mauro tenía otros proyectos y, además, creo que la naturaleza de esta película pedía a alguien como Ion de Sosa. No solo por su estilo visual, sino también por su sentido del humor extraño, con cierto extrañamiento, algo que se percibe muy bien en sus propias películas como director. Esa sensibilidad nos venía perfecto para esta historia. Para mí, este proyecto no buscaba solo dialogar con Shakespeare, sino también con el teatro. Siempre me he inspirado más en la pintura y he tratado de incorporar referencias pictóricas en mi cine. Pero al trabajar con Matías y adentrarme en Shakespeare, quise abrirme al universo teatral. Una de las primeras referencias que surgió fue Seis personajes en busca de autor, de Pirandello. Y cuando empezamos a construir los diálogos, nos interesó el teatro del absurdo, ese extrañamiento donde Agustina pregunta algo y los personajes solo responden con frases de Shakespeare que, aunque parezcan inconexas, te hacen buscarles un sentido. Esa descontextualización de los textos es lo que termina conectando la propuesta visual con los diálogos. La atmósfera onírica y la sensación de desconcierto de Agustina—su no saber bien dónde está—se refuerzan mutuamente. Y trabajar con Ion fue un placer absoluto, un lujo que pudiera aportar su sutileza visual y también ayudar a construir ese humor extraño que atraviesa la película. Yo venía más de un cine contemplativo y espiritual, y de repente enfrentarme a una especie de comedia existencialista y sensorial fue un reto divertido. Ion fue el compañero perfecto para esa exploración.

Muchas de tus películas exploran la idea de la trascendencia y lo inmaterial. ¿Cómo se manifiesta esta búsqueda en Ariel?
Para mí, todo parte del espacio en el que transcurre la película. La primera parte sucede en Galicia, y al principio no queda del todo claro de qué trata. Hay muchas referencias a la idea del actor, del personaje, de lo teatral, de la ruptura entre personaje y persona. Pero no es hasta que llegamos al ferry y ocurre esta escena extraña—un sueño colectivo donde todos se quedan dormidos, incluso el capitán, y sueñan con una tempestad—cuando la película entra en un territorio que me interesa especialmente: ese espacio de ambigüedad, de extrañamiento onírico y espectral. Son siempre lugares limítrofes, entre una realidad tangible y otra más etérea, los que me resultan más estimulantes. Creo que el propio cine, en su esencia—imágenes de seres de luz proyectadas sobre una pantalla blanca—tiene algo de espectral, de inmaterial. Y Ariel se apoya en esa cualidad para buscar cierta trascendencia. Hacia el final de la película, hay varios momentos de voces en off mientras recorremos el paisaje, inspirados en Marguerite Duras y sus personajes incorpóreos que existen solo a través del diálogo. En uno de esos pasajes, un personaje pregunta: ¿Es esto la realidad? Y otro responde: Ya no sé qué significa esa palabra. Pero si somos personajes, significa que estamos muertos. Siempre me ha interesado ese juego: la existencia del fantasma y la existencia del personaje como dos formas de habitar un mundo inmaterial, atrapados en un limbo del que no pueden salir.

¿Y la idea de equilibrar la naturaleza lúdica y cómica de algunos momentos con el tratamiento más profundo y existencial de temas como la libertad y el destino?
La verdad es que era una apuesta consciente desde el inicio, y una que hice con bastante confianza. Sabía que íbamos a jugar con esa mezcla de registros. Creo que, como en cualquier otro ámbito —el arte, el deporte, lo que sea—, para animarte a arriesgar tenés que tener cierta seguridad, si no, terminás yendo a lo seguro. Si lo pensás como un partido de tenis: cuando no tenés confianza, tirás la pelota al centro de la pista; pero si te sentís bien, apuntás a las líneas, y ahí es donde salen los puntos bonitos, los que disfrutan tanto el jugador como el espectador. En este caso, puede que sea una confianza absurda, pero siempre sentí que el cineasta tiene que arriesgar. Y aunque quizás esta sea mi película menos experimental desde lo formal, sí lo es en términos de tono. Me interesaba explorar contrastes muy marcados, como ese humor que no es superficial, sino que siempre guarda una doble lectura, en esa tensión constante entre realidad y ficción. Y de ahí puede pasar, casi sin transición, a lo sensorial, a lo existencial, incluso dentro de una misma escena.

¿Todo esto ya estaba presente desde las primeras lecturas del guión?
Si, por ejemplo, uno de mis momentos favoritos es un chiste donde se rompe la cuarta pared: los personajes, que intentan rebelarse contra Shakespeare, se preguntan si en realidad hay otro que les escribe lo que tienen que hacer, y  entonces sucede ese quiebre. Me gusta ese tipo de humor que parece lúdico pero que, en el fondo, abre una reflexión metanarrativa, casi metafísica, sobre si alguien más está escribiendo nuestros deseos, nuestros sueños, nuestro destino. Y desde ahí surgió ese intento por hacer convivir estos dos tonos: el absurdo y lo profundo, lo gracioso y lo sensorial.

Tras el estreno de Ariel en Rotterdam, ¿cuál esperas que sea la reacción del público ante una obra tan peculiar y experimental, especialmente considerando que tu película no sigue las convenciones de una adaptación tradicional de Shakespeare?
Bueno, por un lado están las expectativas de quienes conocen mi trabajo previo. Creo que esta es una obra que los va a sorprender, aunque quizá sorprenda menos a quienes sabían que era un proyecto que inicialmente iba a ser codirigido con Matías Piñeiro. Aun así, hay elementos en los que quien conoce mi obra podrá reconocerme, y espero que también valoren —o al menos yo lo veo así— que es una obra hecha con valentía. Es una película en la que pruebo cosas nuevas, distintas para mí. Personalmente, ha sido un proyecto que me ha hecho crecer mucho como cineasta. Cuando uno se aventura en terrenos que no había explorado previamente —como ha sido mi caso en esta película— se encuentra con muchos desafíos: desde la construcción de personajes, la psicología de esos personajes, la puesta en escena de ficción, hasta el propio relato narrativo. Son muchos aspectos que para mí eran nuevos y que, quizás, podría haber abordado de manera más gradual. Pero aquí se produjo este salto, también por el trabajo previo con Matías. Entonces, por un lado están esas expectativas sobre cómo va a reaccionar alguien que conoce mi obra anterior. Y creo que hay algunos ingredientes que permiten reconocerme, sobre todo en la construcción de una atmósfera onírica, espectral por momentos, sensorial, y también en algunas temáticas que se repiten, como el paralelismo entre personaje y fantasma. Y luego, para alguien que se acerque a la película como una adaptación de Shakespeare, creo que hay puntos en los que se percibe su presencia, sobre todo por la descontextualización, llevada aquí con un carácter sumamente lúdico, pero también muy poético y profundo.

¿Cómo trabajaste la selección de los textos que los personajes pronuncian?
Utilicé una técnica de fragmentación de los mismos, algo similar a lo que hice en mi cortometraje anterior El sembrador de estrellas, donde reunía citas de distintos autores sobre ciertas temáticas, tomaba frases sueltas y las mezclaba entre sí para generar diálogos abiertos o pequeños haikus. Además, trabajé con una idea proveniente del budismo zen llamada kōan: diálogos entre maestro y discípulo, donde hay un aparente abismo de sentido entre la pregunta y la respuesta. No hay una lógica evidente, pero debe haberla, porque es la respuesta que el maestro le da al discípulo. Esta lógica oculta me interesaba mucho. En la película, por ejemplo, Agustina pregunta algo y el otro le responde con un verso de Shakespeare muy poético, muy profundo. Elegí mis favoritos de diversas obras suyas. Y como espectadores, buscamos encontrarle una lógica a esas respuestas. Aunque la pregunta sea tan sencilla como: “¿Quiero un billete para irme de la isla?”, la respuesta puede ser: “En tu rostro hay el rastro de una lágrima por apagar.” Creo que en Shakespeare hay una vigencia, un carácter irreductible, que se mantiene incluso al descontextualizarlo. Por más lúdica que sea la lectura, siempre hay algo que permanece: la poesía, la profundidad emocional y la densidad del pensamiento que contiene cada una de sus frases. Ese sería, para mí, el átomo irreductible de su obra. Y lo que intenté fue tomar esos diamantes que uno encuentra en su escritura y hacerlos brillar en el contexto de las islas Azores, dentro de una propuesta que apuesta por el desconcierto, el extrañamiento y una cierta distancia con respecto al relato narrativo tradicional. Creo que, resumiendo, lo que hice fue hacer estallar el relato de Shakespeare hasta que solo quedaran fragmentos aquí y allá. Pero en esos fragmentos, estos diamantes —estas frases de una elocuencia y una profundidad extraordinarias— brillan aquí y allá.

«Todo, incluso lo prehistórico, se comercializa» – Radu Jude

Entrevista a Radu Jude, director de KONTINENTAL ’25

La película comienza con un hombre sin hogar que se suicida tras ser desahuciado, y luego sigue a Orsolya, la agente judicial que lleva a cabo el desahucio. ¿Cómo construyó la historia en torno a esta situación? 

Es una pregunta difícil, porque este proyecto es muy antiguo. La primera chispa de la historia surgió de una noticia que leí hace años sobre una situación similar. Tomé notas e incluso se la propuse en su momento a HBO Rumanía para una película para televisión, pero no salió adelante. Con el tiempo, la historia siguió rondándome la cabeza, sobre todo a medida que el desarrollo inmobiliario y la desigualdad se hacían más pronunciados en Rumanía. A pesar del aumento del PIB, la brecha entre ricos y pobres no ha hecho más que crecer, y eso es muy preocupante. 

Ha mencionado a Roberto Rossellini como una influencia clave en esta película. ¿En qué sentido? 

Para mí, una historia también necesita una forma específica, no solo una narrativa. En algún momento, leí un artículo sobre Europa ’51, de Rossellini, y volví a ver la película. Me llamó la atención el tema de una mujer consumida por la culpa, en busca de la redención. Vi paralelismos con mi historia y decidí explorar esos temas, pero de una manera menos metafísicamente trágica y más basada en una mezcla muy contemporánea de comedia y drama. Podría decirse que mi película es una especie de caricatura de Rossellini. Y hubo otra influencia más: volví a ver Psicosis, de Hitchcock, que inspiró la estructura de la película. Psicosis comienza con una víctima y luego cambia el foco hacia el perpetrador. Seguí esa idea: la historia del vagabundo da paso a la de Orsolya. Ella no es la asesina, pero, de una manera simbólica, siente que podría ser cómplice, como todos los que la rodean, en cierta forma. Así es como tomó forma la película. 

La película es un comentario evidente sobre los problemas sociales y políticos de la Rumanía actual. Como usted dice, combina un sentido trágico con elementos cómicos. ¿La describiría como una sátira?  

Ha mencionado los aspectos sociales y políticos, y es cierto. Yo añadiría también la dimensión ética: el sentimiento de culpa y el dilema moral al que se enfrenta la protagonista. Pero es un poco ridículo, porque es un dilema moral que surge después de los hechos, cuando el daño ya está hecho. Ahora bien, no estoy seguro de que «sátira» sea la palabra más adecuada para describirlo. Puede que tenga razón, pero yo no tengo la misma distancia que un crítico o un espectador. Para mí, se trata más bien de explorar lo ridículo y lo dramático de la situación al mismo tiempo. En el fondo, hay una tragedia, pero la reacción de la gente ante ella puede ser absurda. Cuando cuestionamos nuestras propias reacciones ante las tragedias, a menudo nos situamos al borde del ridículo. 

¿Dónde vería ese tipo de reacción hoy en día? 

Pensemos en crisis mundiales como las de Ucrania o Gaza. Algunas personas se sienten bien consigo mismas por publicar obsesivamente en las redes sociales sobre estos temas, pero luego, 15 minutos después, comparten una foto de su almuerzo o de un gato adorable. No lo juzgo, yo también lo hago, pero creo que hay algo cómico, casi una «comedia humana» balzaquiana, en esas contradicciones. No es tanto una sátira como un reflejo de lo absurdo y complejo de las reacciones humanas. 

Del mismo modo, la protagonista se siente culpable e intenta aliviar su conciencia con pequeños gestos, como leer a intelectuales de izquierdas o hacer donaciones a ONG. Pero son respuestas inadecuadas a los problemas sistémicos de los que ella es cómplice. ¿Refleja su sentimiento de culpa las limitaciones de las acciones individuales dentro del modelo económico más amplio? 

Me resisto un poco a esa idea, no porque sea incorrecta, sino porque el trabajo de un crítico o teórico consiste en ampliar lo particular en generalidades más amplias. Para mí, es algo más personal y a pequeña escala: una historia sobre alguien con buenas intenciones, alguien bondadoso y concienzudo, pero que sigue atrapado en el sistema. La mayoría de nosotros tenemos momentos en los que vemos injusticias a nuestro alrededor -una persona sin hogar, por ejemplo- y nos sentimos mal, pero seguimos adelante. Quizá donemos dinero para aliviar nuestra conciencia, pero sabemos que eso no genera un cambio real. En Rumanía, este sentimiento se ve acentuado por la historia del país. Tras la dictadura de Ceaușescu, la transición no fue hacia un modelo socialdemócrata, sino hacia uno neoliberal con poca protección social. La culpa de Orsolya refleja este fracaso sistémico más amplio, pero la película se centra en su experiencia individual en lugar de hacer una gran declaración ideológica. Recuerdo también a Carlo Ginzburg, uno de mis historiadores favoritos, explicando cómo el caso es más interesante que la regla. Por eso, intento centrarme en lo particular, en los detalles de este caso. 

La película está ambientada en Cluj, una ciudad en el corazón de Transilvania que ha experimentado cambios significativos en los últimos años. ¿Cómo afecta su transformación en una «ciudad inteligente» y destino turístico a la narrativa y a las experiencias de los personajes? 

Cluj es un caso curioso. Por un lado, se considera un ejemplo de éxito: su industria tecnológica está en auge, la población crece y se considera más moderna y civilizada en comparación con otras ciudades rumanas. Pero ese éxito ha venido acompañado de gentrificación y un desarrollo urbano caótico, especialmente en los alrededores de la ciudad. La ciudad está rodeada de colinas, por lo que su expansión se ha extendido a los pueblos cercanos, como el lugar en el que vive Orsolya. Esos pueblos han crecido rápidamente, a menudo sin infraestructuras, sin escuelas u hospitales. Quería contrastar la narrativa de éxito de Cluj con las historias de aquellos que se han quedado atrás, los perdedores de este proceso de crecimiento económico. Es un contrapeso a la historia triunfalista del desarrollo. 

La película incluye algunas impresionantes tomas de estatuas de dinosaurios. ¿Cuál es el motivo de esa elección? 

¡Fue una coincidencia! Estábamos rodando cerca de un complejo hotelero llamado Wonderland, que amablemente patrocinó nuestra estancia. Detrás del hotel había un parque de dinosaurios y, cuando lo vi, pensé que era perfecto. En un principio, habíamos planeado una escena en el bosque, pero la sustituí por los dinosaurios. Simbólicamente, puede sugerir un mundo en el que los humanos ya no existen, una especie de futuro poshumano. Pero estos dinosaurios también son falsos, atracciones turísticas, por lo que reflejan cómo todo, incluso lo prehistórico, se comercializa. Es una imagen abierta, y creo que se podría escribir todo un ensayo sobre sus significados. 

Hablemos de los actores. ¿Cómo eligió a Eszter Tompa, que interpreta a Orsolya, y cómo fue trabajar con ella? 

Esta película se rodó justo después de otro proyecto, una adaptación muy libre del mito de Drácula, con el mismo equipo y algunos de los mismo actores. Eszter Tompa tenía un papel secundario en Drácula. Durante los ensayos, me di cuenta de que era perfecta para este otro papel. Tiene un talento increíble y pertenece a la minoría húngara de Rumanía, lo que añade otra capa a la historia, ya que toca la historia de Transilvania y el nacionalismo contemporáneo. 

¿Por qué rodó una película tras otra? ¿Y por qué en esta grabó con iPhone? ¿La naturaleza tosca de la película realza su tema? 

Rodar dos películas seguidas fue rentable. El equipo y los recursos ya estaban disponibles. En cuanto al iPhone, se trataba de apostar por la simplicidad. Ahora mismo la tecnología es asequible, así que quería demostrar que se puede hacer una película con recursos mínimos. Es como volver a los orígenes del cine, a los hermanos Lumière. La rodamos en diez u once días, sin luces ni equipo de iluminación, basándonos en los diálogos y los escenarios naturales. Fue liberador. También se relaciona con la idea de Rossellini de trabajar con «pobreza de medios». Muchas películas sobre la pobreza o la violencia social se hacen con presupuestos multimillonarios. Eso me parece un desajuste, y yo quería luchar contra ello. Por supuesto, la película fue posible gracias a la participación de todos, los actores, el equipo, los productores. . . ¡Muchísimas gracias a todos! 

¿Cómo se relaciona esta película con tu filmografía en general? 

Siempre me ha interesado la historia, y esta película es un reflejo de ello. Pero la diferencia es su simplicidad. El diálogo, la puesta en escena minimalista, y el énfasis en las palabras la hacen un poco diferente en comparación con el resto de mi obra. El montaje de edificios del final, que disuelve la narrativa en imágenes, también me parece diferente. Es un retorno al potencial del cine primitivo. Retrospectivamente, hay otro aspecto que podía ver en continuidad con algunas de mis últimas películas: el deseo de hacer documentales; el poder expresarme en estos términos. Algunas de mis películas recientes son documentales de montaje o películas de ficción en las que también hay elementos documentales. Da la sensación de que estas partes documentales anclan la película en la realidad, en cierto modo. O quizá no, quizá sea solo una necesidad. Por eso la ficción aquí se rompe con simples tomas documentales de edificios de las zonas en las que se desarrolla la historia. En cierto modo, la película tiene dos hilos conductores: el ficticio y el documental, y al final el documental toma el control. 

¿Dónde te ves dentro del cine rumano actual y qué queda de la Nueva Ola rumana que causó tanto impacto hace casi 20 años? 

Solo intento hacer las películas que quiero hacer, sin ninguna ambición particular de igualar la brillantez de mis compañeros. Los cineastas de la Nueva Ola siguen creando películas excepcionales, pero creo que el cine rumano podría beneficiarse de una mayor diversidad de voces y estilos. Mi modelo, en términos de escala y versatilidad, es el cine portugués, que abarca con éxito tanto obras comerciales como experimentales. Hay mucho talento en Rumanía, incluida una prometedora generación más joven, y estoy seguro de que seguirán produciendo películas fascinantes. He releído lo que he dicho y me parece que digo demasiadas tonterías políticamente correctas, así que no sé. 

El derecho a disfrutar de una vivienda digna: Kontinental ’25

Artículo 47 de la Constitución Española (1978):
«Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación. La comunidad participará en las plusvalías que genere la acción urbanística de los entes públicos.»

Desde este lugar, anunciamos la llegada a cines el 12 de diciembre de Kontinental ’25, la nueva película de Radu Jude, con la que ganó el Oso de Plata a Mejor Guion en la Berlinale, así como el Premio «AISGE» a la Mejor Actriz en el Festival Internacional de Cine de Gijón por la interpretación de Eszter Tompa.

En ella, Orsolya es alguacila en la ciudad de Cluj, en Transilvania. Fiel a su cargo, debe ejecutar el desahucio de un hombre sin techo que vive en el sótano de un edificio del centro destinado a convertirse en un hotel de lujo. Pero un suceso inesperado la confronta de pronto con sus propias contradicciones desencadenando en ella una profunda crisis moral.

Con motivo del estreno de la película en cines, desde Atalante queremos compartir un listado de asociaciones y ONG que trabajan para ayudar a las personas sin hogar, entidades de iniciativas sociales dedicadas tanto a este tema como a otros relacionados con la vivienda, con el objetivo de facilitar a los espectadores, además de todas las reflexiones que nos genera Radu Jude con su película, información y recursos para poder contribuir más allá:

El 10% de los ingresos por la taquilla de esta película correspondientes a Atalante en 2025 serán destinados a fines de iniciativa social, no lucrativos, dedicados a acabar con el sinhogarismo.

Si quieres sumar una ONG o asociación que no hayamos llegado a incluir, por favor, no dejes de avisarnos a: info@atalantecinema.com